Un zafiro azul talla oval en el centro y una orla doble de diamantes talla marquesa y brillante, montada en garras a distintas alturas para que la flor tenga relieve. La orla se hace a mano, piedra a piedra: por eso no hay dos iguales.
Cada diamante se sienta en su garra y se cierra a mano, uno detrás de otro. Ese es el trabajo que no se ve y el que hace que una orla brille pareja veinte años después. Nueve generaciones haciendo lo mismo.