BRS-005 — Serie · personajes · Diálogos entre tiempos 2026 · ES · EN · FR · ~8 min

La Huppe & L'Hirondelle

Tradiciones distintas, mundo inventado.

Carta IV: una abubilla y una golondrina sostienen una rama de olivo sobre tejados, en azulejo.
La Huppe & L'Hirondelle · azulejo · MMXXVI — carta IV de la baraja

Una abubilla que reza mirando hacia su tierra. Una golondrina que reza volviendo a su nido. El mismo cielo les vale a las dos.

I / La abubilla

La que se orienta

Para entender a la abubilla hace falta saber una sola cosa del islam, y es de las más hermosas. Los musulmanes rezan cinco veces al día orientados siempre hacia el mismo punto: La Meca — y dentro de La Meca, la Kaaba, un edificio cúbico cubierto de tela negra que es el lugar más sagrado de esa fe. Da igual en qué punto del planeta estés: cada mezquita del mundo tiene un nicho en la pared que señala esa dirección, y quien reza en su casa la calcula antes de empezar. Cinco veces al día, millones de personas giran a la vez, como agujas de brújula, hacia el mismo sitio que la mayoría no verá nunca. Esa dirección tiene nombre: la qibla.

En La conferencia de los pájaros — un poema persa del siglo XII, escrito por Attar — la abubilla es la guía: reúne a todas las aves y las conduce por siete valles hacia lo que buscan. Treinta pájaros llegan al final buscando a su dios, el Simorgh, y el poema remata con un juego de palabras que es toda su enseñanza: en persa, si morgh significa «treinta pájaros». Lo que buscaban fuera era su propio nombre: juntos eran aquello que perseguían.

La abubilla de este estudio hereda las dos cosas: el papel de guía y la fe que funciona por orientación. Como quien reza hacia un lugar sagrado que no puede ver, ella recalcula cada día en qué dirección queda lo que ama. Su canto — oop, oop — es un nombre querido repetido una y otra vez, como un latido. Por eso, cuando se queda quieta, no está parada: está apuntando hacia casa. Su casa es su qibla.

II / La golondrina

El que vuelve

La golondrina viene de la otra orilla del Mediterráneo y de la otra tradición: la cristiana. Anida pegada a iglesias y campanarios — vive, literalmente, junto al muro de lo sagrado. En España hay incluso una leyenda popular que la mete dentro del evangelio: cuentan que fueron golondrinas las que quitaron, una a una, las espinas de la corona de Cristo crucificado.

Su calendario es el calendario de esa fe. El dios de la golondrina es un dios que muere y resucita: Jesús, ejecutado un viernes y — eso creen los cristianos — resucitado al tercer día. Cada primavera, en Pascua, esa muerte y esa vuelta se celebran de nuevo. Y cada primavera, puntual como la Pascua, la golondrina vuelve: se va cuando todo muere en otoño y regresa cuando todo revive. Su migración es la fe de su tradición contada por un pájaro: irse lejísimos y volver siempre al mismo alero. Volver es su manera de rezar. Volverán las oscuras golondrinas, escribió Bécquer: estaba describiendo una fe.

Y hay una segunda idea de su tradición sin la cual no se entiende su carácter. En el cristianismo, lo más importante que recibes no te lo has ganado: te lo regalan. La palabra para eso es la gracia. No funciona como un sueldo — pórtate bien y cobrarás — sino como un regalo que llega antes de merecerse. San Pablo lo escribió casi con esas palabras: por gracia habéis sido salvados; no por las obras. Y los evangelios insisten con historias: el padre que corre a abrazar al hijo que lo abandonó, antes de que termine de pedir perdón — la misma escena de la carta II de esta baraja —; o los obreros de la última hora, que cobran el mismo jornal que los que trabajaron el día entero. El regalo no se calcula. Se da.

El que vuelve vive eso sin saberlo: él no hace nada para que la primavera vuelva. Se la regalan cada año. Por eso su carácter es el que es: perdona fácil, porque se sabe perdonado primero; y sabe esperar, porque el regalo llega solo, a su hora.

III / El olivo en medio

El cielo no se reparte

En la carta, los dos pájaros sostienen juntos una rama de olivo, entre la media luna de un lado y la cruz del otro.

Ibn Arabi — místico musulmán nacido en Murcia en 1165, una de las cumbres del sufismo, la corriente del islam que busca a Dios por el camino del amor — lo escribió hace ocho siglos: «mi corazón es capaz de toda forma: claustro para monjes, templo, Kaaba… sigo la religión del Amor dondequiera que vaya». Fíjate en su lista: la Kaaba — el mismo cubo negro hacia el que se orienta la abubilla — puesta al lado del claustro y del templo, como formas igual de dignas de la misma cosa. Es decir: el amor cabe en todas las formas de fe.

Fatema Mernissi llamó hudud a las fronteras sagradas: las líneas invisibles que cada tradición traza para separar — lo puro de lo impuro, el dentro del fuera, el nosotros del ellos. Toda su obra pregunta quién traza esas líneas y quién paga su precio. Estos dos pájaros no borran su frontera: la cruzan y vuelven. Las dos tradiciones hablan de la misma sed con dos verbos distintos: orientarse (ella) y volver (él). Y se enseñan mutuamente: ella aprende de él que lo amado también regresa; él aprende de ella que al hogar se le puede rezar desde lejos.

Quererse, para estos dos, es cruzar la frontera de la propia tradición sin dejar de pertenecer a ella — por lealtad, no por huida.

// Fuentes citadas

  • Farid ud-Din Attar. La conferencia de los pájaros. Siglo XII.
  • Ibn Arabi. El intérprete de los deseos. Siglo XIII.
  • Efesios 2, 8 · Lucas 15 · Mateo 20. La gracia y sus parábolas.
  • Fatema Mernissi. Sobre el hudud, la frontera sagrada.
  • Gustavo Adolfo Bécquer. Rimas. 1871.

Dos maneras de rezar. El mismo cielo.

// La baraja — Diálogos entre tiempos

Cada expediente es un arcano. La baraja se completa carta a carta, una historia cada vez.